Planificar un gran viaje no es «llenar días». Es medir energía. Yo siempre equilibro: días intensos con días suaves, visitas con momentos de pausa, y planes «imprescindibles» con ratos libres.
La tentación de llenar el itinerario «para aprovechar» es enorme, y es justo el camino al agotamiento: si intentas verlo todo, no disfrutas nada. Un gran viaje no se disfruta por cantidad, se disfruta por ritmo — un plan potente al día, un plan suave que lo acompañe, y margen para que el viaje te pase.
Porque el viaje perfecto no es el que tiene más cosas, sino el que te deja espacio para que pasen esas escenas que no estaban en el itinerario: una cena improvisada, un barrio que te atrapa, un atardecer que te hace parar.